¿Alguien por favor, puede pensar en los papás?

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Se han escrito innumerables líneas sobre lo difícil que es ser mamá: que el trabajo de parto, que las estrías, que los cambios de humor y un largo etcétera de cosas por las que las mamás siempre serán nuestras heroínas favoritas.

 

No nos cabe duda de que es una labor bien difícil y no venimos a cuestionarlo, pero ¿Se han sentado alguna vez a pensar en los papás? La paternidad es una montaña rusa emocional, un reto diario para el que los hombres no vienen entrenados y una transformación de la vida para la que nunca se está completamente preparado.

Imagínense lo que es para un hombre aprender a cambiar un pañal, cargar y vestir a un recién nacido, detectar la temperatura ideal de un tetero, acompañar a la mamá y como si fuera poco, entender sus desórdenes hormonales. Hablamos con algunos de ellos para conocer de primera mano cómo viven la aventura diaria de ser padres sin morir en el intento…

¡Estamos embarazados!

Pocos momentos generan tanto vacío en el estómago como la sospecha de un embarazo. El retraso, comprar la prueba, y los eternos minutos que transcurren hasta que salen las dichosas rayitas. Mientras la mujer está temblando del susto dentro del baño, al otro lado de la puerta hay un hombre sudando, ansioso, con la mente bloqueada y el corazón a mil. Emoción, susto, sorpresa, alegría… en un segundo hay un colapso de emociones que caen sobre ellos como un baldado de agua fría. ¡Estamos embarazados! Sí, el mundo se detiene pero no es como en las novelas, los futuros papás no salen dando gritos de alegría porque no les quedan muchos alientos para hacerlo, tampoco corren a llamar a la mamá, al hermano o al tío para contagiar a todos con su coctel emocional, por el contrario ellos se sientan a pensar seriamente en todo lo que se viene para el resto de la vida.

El síndrome del papá sobreprotector

Este síndrome es característico de los papás primerizos. Las dos rayitas en la prueba de embarazo no solo hacen crecer la panza de mamá, entran en el cerebro y el corazón de papá y lo convierten en un vigía, un guardián con turnos diarios de 24 horas. Esos hombres que hasta hace poco tenían nociones mínimas de nutrición, prevención y cuidados, se convierten de pronto en expertos. Cuidan la dieta de la mamá, balancean sus comidas, se asustan si camina muy rápido o si sale sola, les preocupan los índices de contaminación y las estadísticas de accidentes de tránsito… Y sí, ¡se vuelven un poquito insoportables! Pero las mamás siempre los perdonan porque saben que solo es exceso de amor.

Nueve meses que parecen 100 años

Los papás también viven con intensidad esos nueve largos meses de espera. Se emocionan con cada patadita del bebé y morirían por poder sentir más de lo que sus manos les permiten. Algunos sienten antojos y sufren alteraciones del sueño. Mientras el bebé crece, ellos leen revistas, asisten a los cursos prenatales y se afanan en aprender lo suficiente para recibir súper preparados a ese nuevo ser que los desvela.

¡Ya va a nacer!

9 meses esperando el día que nazca para morirse de susto justo en ese momento. Aunque están al bordo de una crisis nerviosa ellos son los conductores elegidos y deben asegurarse no solo de llegar al hospital sino también de cargar la maleta en la que además de la primera ropita del bebé, van todas sus expectativas y temores. Un nuevo colapso emocional sucede en su interior y no saben si angustiarse, sonreír o salir corriendo. Piensan en el dolor de la mamá, en su bienestar, cruzan los dedos para que todo salga bien y sudan más que el día que se hicieron la prueba de embarazo. Ver por primera vez a ese hijo tan esperado hace que todo haya valido la pena.

Pañales, teteros, llanto y trasnocho

Durante el embarazo muchos de sus amigos les dijeron que aprovecharan y durmieran todo lo posible, pero no lo hicieron lo suficiente. Las noches no vuelven a ser las mismas: hay que alimentar al bebé, cambiarle el pañal, calmarlo si está nervioso y al otro día madrugar a trabajar. Y aunque son un poquito torpes y pusieron mal muchos pañales, se han esforzado y se han convertido en unos papás de película. Sus pequeños comienzan a crecer y ellos se emocionan con sus sonrisas, sus ocurrencias, y con sus sinceras demostraciones de amor.

Todos coinciden al decir que el tener un hijo les cambia el chip y nunca vuelven a ser los mismos. Ese que antes se tiraba en parapente, hacía clavados a gran altura y se creía Schumacher al volante, de repente se vuelve cauto y prudente. Quieren asegurarse de estar ahí para esos pequeños seres que los hacen felices, verlos crecer y llenarlos de amor todos los días.

Salen corriendo del trabajo para no encontrar a sus bebés dormidos y poder disfrutarlos por un par de horas. Bañarse con ellos, ver un partido de fútbol, ir a una piscina o simplemente verlos dormir, se convierten en los momentos más esperados y gratos.

La vida adquiere un nuevo sentido con nombre propio al que ellos quieren más que a nada en el mundo.