Historias de Familia

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Andrea y John | El Salvador

“Deseamos tener un bebé – niño se llamará Julián y niña se llamará Mariana”.  Ese sueño fue lo que nos motivó a perseverar, primero, en nuestra fe, y segundo, en mi tratamiento médico.  A mis 34 años, yo no sabía lo que pasaba con mi cuerpo, principalmente, por falta de información.  Increíble, que en esta era de sobre-información que vivimos, yo no tuviera idea… “¿Que tengo qué? ¿Endometriosis Severa Grado IV? ¿Y eso qué es?” Tuvimos que aprender, y muy rápidamente…   con muchísimo temor a lo desconocido.  Navegué en Internet, hay tanta información disponible!… “endometriosis, el invasor silencioso” – mi caso fue uno raro, ya que no tuve síntomas más que la infertilidad.

Platiqué mucho con mi doctor, para poder entender qué pasaba. Consulté una segunda, una tercera opinión. Y decidí, ahí mismo, que el doctor quien estaba visitando, no era el mejor para tratar mi caso.  Me cambié de médico.  Decidimos trabajar con un equipo de dos médicos, uno lejos, a quien consultábamos frecuentemente, y dos cerca, en mi país, que me seguían el tratamiento de fertilidad.  No me arrepiento en lo más mínimo, fue la mejor decisión que pudimos haber tomado.

Por momentos, tenía miedo, ansiedad, y desilusión, porque los porcentajes, dada mi edad, y condición, no se veían nada alentadores.  Para mi esposo, la adopción no era una opción viable, y sinceramente, no me imaginaba mi vida sin tener el privilegio de ser mamá.  Pero tenía dos opciones, o me “clavaba” pensando negativamente, o hacía lo humanamente posible… Por lo que decidí seguir las instrucciones al pie de la letra.

El tratamiento es de mucho sacrificio… dada mi edad, la recomendación fue buscar un embarazo lo más rápido posible, y no entrar en un proceso de menopausia para controlar la endometriosis.  Con mi esposo decidimos empezar con todo el deseo del mundo, con todo el positivismo posible… sin duda ayudó a cargar mi cuerpo de mas bendiciones y energía positiva.  Muchas oraciones, inyecciones, monitoreo con ultrasonografías.

Finalmente, después de dos inseminaciones, la noticia tan ansiada: prueba de embarazo positiva.  Mi reacción: Pánico total.  No debería de haber sido tan “rápido!” Que voy a hacer con un bebé! Mi esposo: tranquilidad total.  Fue hasta cómico.  Me rehusaba a creerlo! Pero era verdad.

Fueron 38 semanas de espera, hasta que llegó nuestro bebé, gracias a mi Dios, completamente sano. Todos los días, de estos 27 meses, han sido una aventura. Gracias a mi Dios, tenemos nuestro hijo. Emoción indescriptible.  Preocupación indescriptible.

Mi infertilidad es algo que ha marcado nuestra vida para siempre.  Con mi esposo, optamos por sacarle ganancia.  Somos muy cercanos, el uno del otro, nos entendemos. El me ha apoyado, en ningún momento me ha achacado nada.

Nuestra vida de pareja ha cambiado mucho, porque se ha convertido a otro plano.  Somos cómplices, “partners”, y sobre todo, orgullosos papás de Julián, que todos los santos días de nuestras vidas, damos infinitas gracias a Dios por este milagro con que hemos sido privilegiados.  Nuestro bebé tiene ya 27 meses, es todo un “hombre”, a quien amamos con mucha más pasión que nos hubiéramos podido imaginar.

¿Dónde estamos ahora? Increíble, pero estamos iniciando nuevamente el proceso.  Deseamos mucho otro hijo.  Por un lado, la tranquilidad que ya tenemos uno.  Pero por el otro, la intranquilidad que ya sabemos lo que es, lo más maravilloso del mundo, y por eso deseamos otro…. Con mucha fe, muchas oraciones, y veremos si Dios nos bendice, a los tres, con un cuarto integrante de nuestra familia… y eso sí, mucho ojo: puede ser más de uno! Y eso si, seríamos felices los cinco, o los seis… Que privilegio.